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IMPERMANENCIA

Podemos observar la impermanencia en todo lo que nos rodea. Comenzamos siempre con una gran energía que luego se convierte en aversión. El trabajo se torna tedioso y cansado; nuestras emociones se cargan de fatiga e indiferencia; la motivación se vuelve compromiso; sentimos que todo es una lucha contra las dificultades. Seguimos nuestro rumbo pero no en la misma dirección que al principio. Nos volvemos mecánicos, la motivación se debilita y cae al nivel de cualquier otra tarea cotidiana; el pensamiento se vuelve dogmático y compulsivo. Lo que empezó con entusiasmo se vuelve obligatorio o mera formalidad, y un incontable número de elementos externos se adueñan de nuestras emociones. Perdemos el rumbo.

El proceso anterior pasa en todas las esferas de la experiencia humana: ciencia, arte, filosofía, sexualidad, enamoramiento, espiritualidad, política, sociedad… vemos cómo después de cierto tiempo las cosas se desvían de su objetivo original hacia una dirección totalmente opuesta. Nada permanece en el mismo sitio – todo se mueve, todo va hacia “algún lugar”; todo cambia, se desarrolla o desaparece, se fortalece o debilita. Es decir: todo se conecta ya sea a una fuerza ascendente, o descendente.

Sabemos que nada mejora si permanece en el mismo nivel. Ascender o descender es la inevitable condición cósmica de cualquier acto. Pero entre más dormidos estemos, menos capaces seremos de vivir en armonía con esta ley universal. Si no desarrollamos la capacidad de auto-observación consciente, no entenderemos este proceso natural sucediendo alrededor y dentro de nosotros, ya sea porque nos apegamos sin permitir la inevitabilidad del descenso cuando ya no es posible el asenso, o porque nos “encaprichamos” en ver lo que desciende, como un asenso. Estas dos condiciones son la causa de nuestra decepción existencial. No vemos la primera porque comúnmente pensamos que las cosas pueden permanecer siempre iguales; y la segunda, porque los “asensos” a los que nos apegamos son imposibles, tan imposibles como la evolución sin trabajar en la consciencia.

Al meditar aprendemos a vivir en paz con las fuerzas ascendentes y descendentes de la vida. Vemos con serenidad que en todos los ámbitos de nuestra existencia nada permanece igual o constante; en todo lado y a toda hora se refleja el balanceo pendular; en todo lado y a toda hora las vibraciones crecen y decaen. Hacemos las paces, amorosamente, con la idea de que mientras estemos en proceso de evolución, nuestra energía puede que vaya en esta o aquella dirección; nuestros estados de ánimo puede que mejoren o empeoren, algunas veces sin razón aparente; nuestros sentimientos, deseos, intenciones o decisiones, puede que de vez en cuando pasen por periodos ascendentes o descendentes, de fuerza o debilidad.

Meditando llegamos a comprender, conforme se fortalece nuestra sabiduría, que aún tenemos cientos de péndulos internos. Estas fuerzas ascendentes y descendentes, estas fluctuaciones de la energía que conforman nuestros estados de ánimo, pensamientos, sensaciones, determinaciones, son simplemente periodos que están ahí para ayudarnos a desarrollar nuestra capacidad de auto observación y desarrollo, dentro de un mundo al cual hemos sido arrojados por las leyes de la evolución.

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