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Buda no es Budismo

Las obras dedicadas a la exposición de doctrinas filosóficas o religiones generalmente comienzan con la biografía del fundador. La mayoría de estas biografías son, en gran medida, si no totalmente, míticas. La piedad de los discípulos promedio nunca ha fallado en hacer que los sabios a quienes alaban realicen actos tan imposibles como los que se calculan para aumentar su renombre a los ojos de la gente, y muy a menudo algunos años después de su muerte muchos de estos maestros ya han sido transformados en figuras mitológicas.

El Buda no fue la excepción. Los descubrimientos arqueológicos han demostrado, sin lugar a dudas, su carácter histórico, pero aparte de las leyendas, sabemos muy poco sobre las circunstancias de su vida. Sabemos el nombre que tuvo, Siddhartha Gautama; el nombre de su madre, Maya; y el de su padre, Suddhodhana. Este último era un caudillo que reinaba sobre un pequeño estado que yace a los pies del Himalaya, en un distrito que hoy forma parte de Nepal. Un punto importante sigue siendo dudoso: ¿Suddhodhana vino de una reserva aria pura, o fue, por el contrario, un miembro de la raza amarilla? ¿O los antepasados de este pequeño príncipe, reinando sobre un estado fronterizo, lo habían dotado, por matrimonios contraídos entre miembros de las razas blanca y amarilla, con una herencia mixta? Los habitantes actuales de Nepal, los Newars, son de origen amarillo, pero esto no justifica ninguna conclusión definitiva sobre las características raciales de sus predecesores en el mismo terreno, hace veinticinco siglos.

Siddhartha Gautama, que habría sucedido a su padre, renunció a la sucesión para convertirse en sanyasin (renunciante). Tales vocaciones no eran en ese período de ninguna manera raras en la India, y son frecuentes incluso hoy en día.

Es difícil encontrar en cualquier idioma latino una palabra que sea una traducción correcta del término sanyasin. Las cosas representadas por este término no existen en occidente, y la India parece tener el monopolio de ello. Sannyasa significa ‘renuncia’, ‘rechazo’. El sanyasin no es de ninguna manera un monje; él es un asceta independiente que ha ‘rechazado los tres mundos’: la palabra de los hombres (la nuestra), la de nuestros antepasados (explicada como la fama póstuma), y la de los dioses (la dicha del Paraíso).

El ‘rechazo’ del sanyasin difiere por completo de la ‘renuncia’ del monje cristiano que abandona lo que él llama las cosas buenas de este mundo para ganar las alegrías del cielo, o del místico que arde con anhelo de unirse él mismo con su Dios, y piensa tener éxito por esta rendición. La ‘renuncia’ del monje tiene el carácter de un sacrificio, mientras que el que se pone el manto del sanyasin lo hace porque siente aversión, repugnancia, por lo que la gran masa de hombres considera como las ‘cosas buenas’ y las ‘alegrías’ del mundo. En las palabras que alguna vez se usaron para un sanyasin en la India: “las rechaza con satisfacción, como uno se sentiría feliz quitándose la ropa sucia y harapienta”. Sannyasa no es un ‘medio’ que uno usa para alcanzar un fin; sannyasa es el fin en sí mismo, una liberación gozosa. Además, el sanyasin siempre se libera de las leyes sociales y religiosas; libre de todos los límites, camina por un sendero que solo él conoce, y es responsable solo de sí mismo. Él es, por excelencia, un ‘forastero’.

En India, la existencia de sannyasins se remonta a la lejana antigüedad. Ya hay una mención, en el Rig Veda, de “ascetas, ataviados con sucias túnicas amarillas, que deambulan como el viento y han conquistado el poder de los dioses”. Esto evidentemente se refiere a los antepasados espirituales de aquellos sannyasins que, sin ataduras, que no poseen nada, deambulan como les de la gana, “libres como el viento”. Hay millones así en la India hoy en día, algunos de ellos místicos o filósofos altamente venerables, pero la mayoría personas bastante comunes, incluidos numerosos impostores.

En la época del Buda, los ascetas, conocidos entonces como sramanas, eran en general místicos independientes, que a veces habían recibido una especie de consagración de otro sramana; pero en muchos casos omitieron esta ceremonia, al igual que Siddhartha Gautama. Podrían ser discípulos de tal y tal maestro y vivir a su lado, pero no pertenecían a ninguna congregación regularmente constituida. Entre los sramanas de ese período no existía el vínculo de una fe común. Por el contrario, eran adeptos a diferentes doctrinas y siempre tenían la libertad de cambiar sus opiniones. Algunos de ellos incluso profesaron completa incredulidad. Por paradójico que nos parezca, la India ha conocido a místicos materialistas y ascetas ateos, y todavía hoy nos encontramos con ellos.

La organización de la orden religiosa conocida como la Sangha se debió a los discípulos de Buda. Imitándolos, unos doce siglos después, el célebre filósofo védico, Sankaracharya, estableció las diez clases de sannyasins hindúes ortodoxos que viven en comunidad. Estos han terminado por monopolizar el concepto de sanyasin, refiriéndose a sus hermanos que no estén organizados en dichas comunidades bajo el título más común de sadhus.

Esta explicación pretende simplemente dar una idea del tipo de vida espiritual que Gautama había abrazado antes de su iluminación, y así arrojar algo de luz sobre la actitud de su mente cuando concibió su doctrina.

La tradición antigua y los textos antiguos inspirados en ella nos dicen que Siddhartha Gautama, a pesar de ser esposo y padre de un hijo, abandonó su hogar y se convirtió en un muni errante (asceta).

“El asceta Gautama, en su juventud, en la fuerza de la edad adulta, se afeitó el cabello y la barba, tomó la túnica amarilla y salió de su casa para llevar una vida sin hogar.”

“Es una servidumbre estrecha, la vida en el hogar; la libertad radica en abandonar el hogar; ya que pensó así, abandonó su hogar.”

Gautama estaba sediento de iluminación espiritual, y terminó encontrándola; pero no en las escuelas de los filósofos famosos a los que al principio había ingresado como alumno, ni en las prácticas ascéticas tan valoradas en la India, a pesar de su prolongada y cruel experiencia con ellas. Vino a él cuando la buscó solo en su propia mente, cuando meditaba en soledad, bajo un árbol.

Entonces comenzó para él un período de predicación que duró cincuenta años. El éxito de esta predicación fue considerable; Gautama atrajo a sí mismo a numerosos discípulos que pertenecían, con algunas excepciones, a la élite intelectual y social de la India. Entonces, a la edad de ochenta y un años, aquejado de disentería, y -un espléndido ejemplo de energía- negándose a parar para recibir atención porque debía predicar en una ciudad vecina, quedó postrado por la enfermedad junto al camino que él estaba siguiendo en compañía de varios de sus discípulos.

De acuerdo con los textos Pali que describen su final, se detuvo por primera vez, tirado en el suelo, y luego, haciendo un esfuerzo, partió de nuevo. Pero al viejo maestro no le quedaban fuerzas. Un poco más adelante, a petición suya, su primo y discípulo Ananda se quitó la capa y la extendió al pie de una pequeña arboleda formada por tres árboles de sándalo.

Sabiendo cuán difícil es para la mayoría de la humanidad liberarse de toda devoción sentimental, conociendo la necesidad que tienen los seres humanos de alabar dioses concebidos a su propia imagen, o de maestros deificados… sabiendo la incapacidad de las personas para vivir una vida espiritual en soledad, Gautama le habló a su primo:

“Puede ser, Ananda, que este pensamiento pueda surgir en algunos de ustedes: ‘la palabra del maestro ya no existe; ya no tenemos un maestro'”.

“No es así como deberías pensar, Ananda. La doctrina y la disciplina que te he enseñado serán tu Maestro cuando ya yo no esté contigo”.

Luego, como una exhortación final a quienes estaban a su alrededor, exclamó: “escúchenme, les digo que la disolución es inherente a todas las formaciones; ¡trabajen diligentemente para su liberación!”

Y el Buda quedó para siempre en silencio. Pero, como acababa de decir, dejó un Maestro inmortal detrás de él: la Doctrina y las Reglas que él había establecido; y entre las reglas de conducta estaba esta: “sean una antorcha para ustedes mismos; sean un refugio para ustedes mismos; dejen que la verdad sea su antorcha y su refugio, y no busquen a nadie más”.

Las circunstancias muy simples de la vida y la muerte del Buda, como la tradición las ha recordado, aparte de los ‘adornos’ de la leyenda, son lo suficientemente auténticas. Es probable que todo haya sucedido según nos dicen, o aproximadamente. Pero este hecho, que sería de importancia primordial en una religión centrada en la persona de su fundador, no tiene gran importancia para quienes gustan de la filosofía de Buda. Lo que importa, se nos dice, son los hechos que esta doctrina nos da a conocer, para que podamos deducir de ellos las consecuencias prácticas que implican.

“Con o sin Budas, existe solamente un hecho: todo es impermanente” (Anguttara-Nikaya).

El Buda nunca afirmó haber pronunciado una revelación de orden divino; él nunca propagó ningún dogma religioso; él nunca apeló a la fe. Simplemente ofreció a la humanidad, para que sometan a investigación, un método que les sería útil para su propio beneficio, y cuyo objetivo declarado es la destrucción del sufrimiento a través de la meditación.

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